Patricia, la mamá del “pescaíto” Gabriel, y su lección de amor

Patricia Ramírez y Ángel Cruz, padres de Gabriel./ EFE

 

Qué lección de amor nos estás dando, Patricia. ¡Qué tremenda lección! 

Hoy, que escuchamos de nuevo tu voz después de saber el trágico desenlace del que ya será por siempre “nuestro pescaíto”, tu hijo Gabriel, vuelves a transmitirnos la grandeza del ser humano. 

Nos invitas a que no exista el odio en nosotros. Ni el rencor. Nos pides que no deseemos lo peor para esa “presunta” mala bestia que le ha arrebatado la vida a tu hijo. Que no usemos sus fotos. Que no nos centremos en ella. 

Y ¿sabes? Tienes razón. Esta criatura podrida por dentro no merece más que el castigo de la Justicia y nuestra más absoluta indiferencia. Por eso ahora me niego hablar de su presencia constante desde el minuto uno de la desaparición del niño. Su egocentrismo y su afán de protagonismo. Sólo pido que caiga sobre esta asesina sin corazón todo el peso de la ley. Nuestro desprecio más absoluto. Y el olvido. Hasta el final de sus días que, con toda mi alma, deseo que sean dolorosos y tristes. 

Y mientras tanto… te escucho decir que apelas a la bondad del ser humano. Que nos quedemos con la solidaridad y el cariño de todos los que, de alguna manera, os han ayudado y apoyado. Que recordemos la sonrisa de tu pequeño. Y los miles de “pescaítos” que han poblado papeles, ventanas, paredes y redes sociales.

La presunta asesina, Ana Julia Quezada, abraza a su pareja, Ángel, el padre de Gabriel. /EFE

Y se me parte el alma cuando ahora analizamos las imágenes en las que, junto a Ángel, el padre de Gabriel y tu expareja, rogabais que quien tuviera a vuestro niño lo dejara libre. Que no habría represalias. No habría rencor. Porque ya sabíais que podía ser ella. Y Ángel, conociendo que la principal sospechosa era su pareja, tuvo que hacer de tripas corazón, disimular, aceptar sus abrazos… sabiendo que ella podía tener retenido al niño. Pero vivo. ¡Y ésa era la fuerza! ¡Y ésa la esperanza!

¡Qué durísimo, Patricia! Qué injusto! ¡Qué imperdonable!

Por eso me quedo con tus palabras.  Me quedo con la pureza de tu hijo. Con su mirada limpia y su sonrisa permanente. 

Me quiero quedar con la bondad de la que siempre habéis hecho gala. Con su recuerdo. Y con su cara. La cara de un precioso “pescaíto” que ya está surcando los mares del cielo.