La presentación en sociedad de mi bastón


 

El destino ha querido darme unas cartas con las que tengo que jugar. Me guste o no. Porque el canalla no permite descartes. Y no da opción a cambiarlas. Así que, en cuanto me he sentado ante el tapete del juego de la vida y he levantado mis cartas, me he dado cuenta de que en el tema de la salud no me ha tocado precisamente un póker de ases. Y por eso he decidido jugar cueste lo que cueste. Y estoy dispuesta a ganar. Y si tengo que tirarme un farol e intentar engañar a la suerte… lo haré. ¡Vaya que si lo haré!

Lo que sí tengo claro es que no tengo derecho a quejarme. Mi Esclerosis Múltiple no es tan agresiva como otras. De ahí que se llame la “enfermedad de las mil caras”, porque es diferente en cada persona que la padece. Mi problema está en la marcha. En la falta de equilibrio. En tener una losa de 20 kilos en cada pie que produce que los arrastre sin poder evitarlo. Y la fatiga. La dichosa fatiga difícil de explicar que provoca un agotamiento físico y psicológico que nadie percibe. Que no se ve. Pero que está ahí. Siempre está ahí.

El pasado 14 de septiembre fue un día para mí de esos que guardas con un circulito rojo en el calendario de los recuerdos. Fueron unos sentimientos encontrados que me hicieron reír como una loca, pero llorar como un bebé. Dar las gracias al cielo, pero maldecir mi suerte. Disfrutar con todo mi corazón, y sin embargo… sufrir con toda mi alma.

Los nervios de la principiante al verme anunciada en un bonito cartel  para hablar de un romanticismo que me inculcaron desde la cuna. Del respeto a un mundo que cada día comprendo menos, que se autolesiona constantemente y que por motivos propios y ajenos se está cavando su propia tumba.

Y allí encontré a amigos que conozco desde pequeña. Directores que confiaron en mí cuando comenzaba mi carrera periodística. Y me dieron sitio. Compañeros que siempre han estado, están y estarán. María Victoria, la presidenta de AVIVA, entidad para la cual trabajo actualmente y que me ha robado el corazón por su sensibilidad, su cariño y su apuesta por las personas con discapacidad en Salamanca.

Y, además, en el Palacio de Figueroa que tantas veces ha escuchado mi voz en un sinfín de programas, acontecimientos y actos que tuve el privilegio de presentar antes de tomar la decisión más complicada de mi vida y apostar por una vida familiar que, de haberme quedado en Salamanca, no hubiera podido tener. Esa decisión de dejar la ciudad que me vio nacer, y en ella… a mi familia, mi trabajo, mis amigos… para vivir en otro lugar junto al hombre que amo.

Por supuesto… no me arrepiento. Al contrario. Esa decisión fue sólo el principio de lo que se ha convertido en una constante en mi día a día: la “valentía”. Porque sí. Debe ser porque tengo sangre torera pero… el miedo… intento convertirlo en valor. Y prometo… que hasta a veces lo consigo.

Así que allí estaba yo. En el Casino de Salamanca, sentada junto a profesionales y amigos para hablar de lo que ha sido mi pasión y mi profesión. Y no estaba sola. Porque también fue la presentación en sociedad del que se ha convertido en mi inseparable compañero: el bastón.

La primera vez que lo utilicé estaba en Madrid. Lejos de las miradas curiosas de los que me conocen. Mis primeros pasos con el bastón me costaron muchas lágrimas. Pero no porque me diera vergüenza. No porque sintiera pudor. Sino por pensar cómo reaccionarían los míos. ¿Les daría miedo? ¿Pena? ¿Sufrimiento? Y me negaba. No quería ver sufrir a mi gente más. ¡No, por favor!

Pero me dieron una lección de realidad cuando descubrí su apoyo. Su sonrisa bondadosa y comprensiva. Su cariño incondicional. Llevaba bastón. Pero seguía siendo la misma persona a la que querían. Más refunfuñona, más depresiva, más angustiada, con la moral por los suelos… pero la misma. De eso han pasado dos años. Dos años en los que mi hijo ha aprendido a jugar con el bastón de su madre. Y lo ha normalizado. Y me da la mano para ayudarme en las escaleras. Y me espera cuando no puedo ir tan rápido como él. Y si quiere que juguemos al fútbol sabe que yo tengo que ser la portera porque no puedo ir detrás del balón.

Pero el otro día, el otro día… Era mi primera vez en Salamanca. Mi patria chica. Mi ciudad. Al principio me había valido de la excusa del esguince. Cuando tomé la decisión de contar qué me ocurría públicamente ya no valían excusas. Pero me “autoconvencía” que no me lo notaría nadie porque tenía que llevar el carrito del niño. Y me daba pánico el día en el que mi pequeño ya no lo necesitara. ¡Y a ver dónde me apoyaba yo!

Y ese día llegó. Y llegaron las miradas. La gente que se da la vuelta. Los inevitables cuchicheos. Y muchas veces el desconocimiento de los que piensan que tener EM va ligado irremediablemente a una silla de ruedas. ¡Y NO! Puede suceder, es cierto. Pero también puede que no suceda jamás y que pueda continuar con mis tratamientos y mi evolución adaptándome a las nuevas circunstancias. Y sigo esperanzada en la investigación. Y estoy convencida de que más pronto que tarde esta enfermedad tendrá cura.

Hay días que el bastón no me hace falta. Me cuesta caminar, pero lo controlo. Pero ese día, con la mezcla de sentimientos, con el miedo al qué dirán, con esa incertidumbre, necesitaba ese apoyo, esa seguridad que otorga la “garrotina”, como la llamaba mi abuelita Feli.

Así que sí. Tras la tertulia a la que me invitó una gran amiga y una comida junto a la gente que quiero, fuimos a la plaza de toros. La Glorieta. La que tantas veces me ha visto correrla, recorrerla, taconearla, subirla, bajarla… contoneando mi figura de periodista entregada. De periodista observada. De periodista querida. Y, posiblemente, también criticada. Y ahora, ahora… me cuesta subir al tendido.

Pero lejos de venirme abajo… saqué la mejor de mis sonrisas. Y aunque quizá estaba muerta de miedo por dentro, juro que intenté que nadie se percatara. Porque vuelvo al principio. Soy afortunada. Mucho. Estaba al lado de mis padres a los que quinientas veces que volviera a nacer no tendría vida suficiente para agradecerles todo. Con mi marido, el hombre que amo y que intenta comprender mi noria de sentimientos. Y mi hijo. La criatura que todos los días me mira con ternura y que se merece la mejor madre del mundo. Seguramente no lo soy. Seguro. Pero doy absolutamente todo de mí para acercarme a lograrlo.

Y ya. Ya me he desahogado.

Gracias a todos los que me habéis transmitido vuestro cariño. Gracias por vuestro apoyo, vuestra empatía y vuestra complicidad. Y no digáis “pobrecita”. Sólo hacedme, hacednos, haceos un favor: Mirad a esos que tenéis al lado y no lo están pasando bien. Ayudadles con vuestro mensaje de “cómo estás”. Invitadles a bailar, a cantar en un karaoke. A pasear. A tomar un café.

Los que no tenemos una salud de hierro sólo queremos que os deis cuenta que ella, la salud, es lo más importante. No desaprovechéis ni uno solo de los segundos de vuestra vida sin disfrutar y querer a los vuestros. No os vengáis abajo por nada ni nadie. TENEMOS VIDA. Y hay que exprimirla. Lo demás… os lo prometo… es peccata minuta.