Domingo, 19 de abril de 2026
10h. Partido de fútbol.
12h. Vuelta a casa y preparación, deprisa y corriendo, de unos bocatas. No nos va a dar tiempo a comer en ningún sitio. Cambio de equipación de fútbol a tenis.
13h. Viaje de una hora hasta el club de tenis donde participamos en un campeonato.
17h. Regreso directos al hospital. Tengo programada una cita para una triple resonancia magnética: cerebral, de columna cervical y de columna torácica o dorsal.
Y aquí empieza lo bueno. Recuerda, es domingo por la tarde. El hospital parece el escenario de una peli de miedo, con esos pasillos vacíos. Silencio absoluto.
—Eres española, ¿necesitas traductor? —me pregunta la agradable enfermera con su inglés británico.
—No, mujer, no, —digo orgullosa. No necesito traductores.
Perfecto, pues.
Entenderse en inglés
Me meten a una sala donde me hacen cuatro mil quinientas tres preguntas en palabras técnicas. Con las que desconozco (que me debo de quedar con cara de “no me entero de na”) recurro al mejor idioma universal: los gestos. ¡Qué nervios, por dios! Y cómo le explico yo que tengo una operación de espalda que se llama espondilolistesis en L5 S1 y que la columna está fijada con placas y tornillos… ¡Ahora la que me mira a mí, a cuadros, es la pobre enfermera!
Que de qué material son. ¡Ay mi madre! Y yo qué sé. Lo único que sé es que no pito en los aeropuertos. No debió entender mi humor pseudo británico, porque no sonrió siquiera. Empezamos regu. Acabamos el interrogatorio con la sensación de que, con seguridad, he metido la pata en algo. Pero bueno, al lío.
El tubo
Entro en la zona donde me espera ese enorme sarcófago cerrado que me mira con ojitos de “ven para acá que te voy a comer entera”. El temido tubo. Que será muy bueno, pero coño, cómo asusta. Y eso que estoy acostumbrada porque los que tenemos Esclerosis Múltiple debemos hacernos una resonancia magnética al menos una vez al año.
Ya tumbada, me dan unos tapones. Como si unos tapones pudieran silenciar el ruido que hace la maquinita. Bueno, se agradece. Y después me colocan una carcasa o especie de casco al estilo jaula de pájaros para impedir que mueva la cabeza. ¡Mmm! ¡Qué guay todo! Allí, si levanto la mirada hacia arriba, hay un espejito que me permite ver algo del exterior cuando estoy dentro del tubo. Pero el mío está mirando a Cuenca. En esta máquina será así, me digo.
Me ponen algo parecido a una pera en la mano. También lo llaman botón del pánico. No digo más. Esa pera, si la aprieto, les avisaría que algo malo me ocurre y necesito que me saquen. Espero no tener que apretarte, querida, pienso.
¿Ready?
¡Ready! Hasta dentro de un ratito.
Siento cómo me deslizan hasta el fondo del aparato. Sé que a partir de ahora, no puedo moverme nada más que para pestañear o para tragar saliva. La pera en la mano. ¡Vamos, Arancha, tú puedes!
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
Los ojos cerrados y, de repente, me acuerdo del espejo. Los abro y, efectivamente, sigue mirando a Cuenca. Total… que lo único que veo es el interior del tubo, blanco, blanquísimo y cerca, cerquísima. Cierro los ojos de nuevo. Mejor así.
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
¡Leñe qué frío! La tela de la camisa me golpea una y otra vez empujada por el aire. Y yo sé que eso es necesario para poder respirar ahí dentro, de verdad que sí, pero hombre… quizá un poquito menos de frío sería ideal para no tener la piel como una gallina desplumada.
Tiene que ser así, me convenzo. Pero la espalda me arde. Parece que estoy en una barbacoa. Bueno, una por otra.
La angustia
Y me entra la angustia de la incertidumbre. ¿Estará todo bien? ¿Habré empeorado? ¿Qué sucederá? El miedo. El jodido miedo con el que vivimos los escleróticos. Pero se me pasa por la cabeza que no todo ha sido malo. Recuerdo que de las primeras resonancias salieron ideas muy buenas. Por ejemplo, el programa de Mujer a Mujer, en Localia TV, lo ideé durante una resonancia, mientras estaba metida en la máquina. Al fin y al cabo… necesitas pensar en cosas bonitas para que el tiempo corra.
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
Tiene que haber pasado ya la media hora que suele durar esta prueba, por dios. Que se acabe ya. Me empiezan a dar calambres en las manos. Pero si no siento ni la pera. ¡Ah, sí! La acaricio. Ahí está. Sigo agarrándola.
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
¡Qué barbaridad! Que no se acaba. Tienen que estar reflejándose hasta los pensamientos y los recuerdos… Así que si he vivido momentos contigo… que sepas que has quedado registrado en una máquina de Southend-on-Sea, no te digo más.
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
… Pasa el tiempo
¿Se habrán olvidado de mí? Un domingo… a estas horas… te digo yo que se han ido y me han dejado aquí dentro. ¡Tranquila!, me digo, que es resonancia triple y por eso tarda más. Me visualizo en el interior de ese sarcófago. ¡Uf! No pienses eso. Claustrofobia not found por favor.
Ta ta tra ca tra tatata…. Pium piuuuuuuum… Ta tra ta ta ta tra tra… Meeeeee meeeeee.
¡Qué frío! ¡Qué angustia! Suspiro. Pero como pidiendo permiso porque sé que no debo moverme.
De repente, las piernas empiezan a tener vida propia. ¡Qué espasmos, oye! ¡Quieta, mujer!, pienso.
¡Que se acabe yaaaaaaa!
Por fin cesan los ruidos. Me deslizan de nuevo. Esta vez hacia el exterior. ¡Qué alegría, no se han olvidado de mí! Qué ganas de ponerme mi rebequita. Me da vueltas todo al levantarme. Es normal. Solo he estado una hora y pico en el maldito tubo.
¡Prueba superada!
Debía de estar pálida como la patena, porque al llegar a la sala donde me esperaban mis chicos, me miraron como si hubieran visto un fantasma.
—¡Siéntate, porfa!, —me dijeron. —¡Ya está! ¡Ya se ha pasado!
Y yo… solo pude sonreír entre lágrimas. Y dar gracias. ¡Otra prueba superada!
La resonancia magnética no es dolorosa. Es cierto. Pero tampoco es fácil.
Quien lo probó… lo sabe.

