Guillermo Barbero: Nueva etapa para un triunfador

La Gaceta de Salamanca: ” El banderillero salmantino Guillermo Barbero se despide de los ruedos”

Era una celebración de la Peña Taurina Salmantina. Cuando más de una decena de chiquillos soñaban con ser toreros. Mi padre rápidamente congenió con tu padre. Y lo que fue una tarde de campo… se fue convirtiendo en amistad verdadera. Y acudíamos al Ben-Man2 a comer sus deliciosas patatas y hablar con Benito. Tú siempre estabas allí. Cuando te conocí, aún no te había cambiado la voz y tenías mofletes colorados. Eras un niño que jugaba al toro, que iba a la Escuela Taurina, y que se escapaba de las clases buscando un sueño. Me tirabas del pelo. Y me hacías rabiar constantemente… Estábamos aprendiendo a crecer.

Crecimos juntos, sí. Compartiendo sonrisas y confidencias. Acudiendo a uno y mil tentaderos en los que con sólo escuchar y observar valía como un año de clases teóricas. El respeto por los maestros, por los mayores. La admiración. Y confieso que muchas veces me vencían los celos por ver a mi padre cómo te hablaba, sus consejos, su manera de explicarte… estabas empezando a ser, para él, alguien muy importante. Y vuestras miradas cómplices… eran únicas. Especiales. Entre él y tú. Entre tú y él. Esa complicidad, por suerte aún persiste. Y hoy, lejos de encelarme, me provoca orgullo. Y admiración.

Fui testigo de la primera vez que te vestiste de luces. Y me emocionaba tu entusiasmo. Y sufría en los tendidos junto a Mar, tu hermana, de la que fui amiga inseparable en tardes de fríos bolsines y calurosas fiestas de pueblo.

Conocí a escondidas a la que es tu amor y madre de tus hijos. Cuando lo llevabais en secreto. Cuando os escapabais en la moto. Porque un torero no podía tener novia: La novia era el toro. Pero vuestro amor venció a clichés y tópicos. Y acudí emocionada a vuestra boda. Tan jóvenes. Con tantas ilusiones que compartir.

También fui testigo cuando tomaste la difícil decisión de hacerte banderillero. Porque amabas al toro, pero sabías que tus luces brillarían más con el color de la plata.

Al fin y al cabo… estabas cumpliendo tu sueño de ser torero. Vivías en torero. Eras torero.

Comencé a comprender tus silencios y tus palabras cuando fuiste creciendo profesionalmente. Había cosas que ya no podías contarme. Yo era la periodista. Y tú el torero. Pero en nuestra vida, en nuestro día a día, no hacía más que aumentar el cariño, la confianza y la admiración. No había profesiones de por medio. Sólo amistad.  La amistad más pura. La que no se rompe por nada. La de las confidencias y los secretos compartidos. La de las horas al teléfono. La de los cafés. La del mus. La de los cigarros a escondidas.

Hemos llorado juntos. Y hemos reído. Mucho de las dos cosas. Hemos vivido momentos angustiosos y dificilísimos. Decisiones acertadas. Otras no tanto. Nos hemos defendido ante críticas y envidias. Me has protegido de amores equivocados y amistades tóxicas. Y me has querido.

Tu hijo lleva el nombre de mi hijo. Llamamos a nuestras respectivas parejas: “Ra”. Mis padres son tus compadres por la preciosura de Lucía. Y la pequeña Alba… nos robó el corazón a todos.

 

Has salido airoso de negocios difíciles que daban más cornadas que el toro. De puñaladas y desaires. Pero también has ganado amigos que lo serán por siempre y, en tu profesión te has ganado a base de honradez, lealtad, fidelidad, confianza, destreza, habilidad, constancia y resolución… el respeto de los tuyos. Y lo más importante: el respeto del público que no ve más allá del traje de luces; y el de los aficionados y entendidos que saben valorar a un extraordinario profesional.

La cornada que, gracias a Dios, no te dio el toro… te la ha pegado la salud. Un tabaco que no esperabas y que ha sido una bofetada que duele. Mucho.

Pero las cornadas no son derrotas. Cuando se va el dolor queda la cicatriz. El recuerdo de lo vivido. El orgullo de lo conseguido. Y si es como la tuya, de espejo, cada vez que te mires puedes sonreír sabiendo que te vas en la plenitud de tu carrera y siendo figura de los terceros.

Ahora se abre una nueva etapa. Ni mejor ni peor. Nueva. Seguirás unido al toro, que de eso no me cabe la menor duda, y podrás contarle orgulloso, a tus nietos, que tú eres torero. Y que viviste la grandeza de esta profesión junto a tu matador.

Te quiero mucho, compadre. Muchísimo. Y seguiré viéndote triunfar. Porque tú eres eso… un triunfador. Y lo harás en cualquier cosa que te propongas junto a tu magnífica collera, Raquel.

¡Adelante! ¡Arriba! ¡Enhorabuena! ¡Al toro de la vida!… y Suerte… “pal que la necesite”.

¡Ah! ¿Y para cuándo un mus? ¡¡¡Ya se está retrasando!!!