Mis nuevos «patuquitos»

En unos pocos días se cumplirán 21 años de mi primer supuesto “infarto cerebral”. Fue cuando se me paralizó el lado derecho del cuerpo. Yo tenía 27 años, triunfaba en mi profesión y me comía el mundo. 

Después de recuperarme completamente, tres años después… volvió a suceder. Y supe que había vuelto a pasar porque perdí el habla, en pleno directo, presentando un programa de televisión. 

No deseo a nadie lo que sentí entonces. A nadie. Porque nadie merece eso. 

Diagnóstico

Diez años después, y cuando parecía un episodio olvidado… llegó el diagnóstico. Esclerosis Múltiple. Mi hijo acababa de nacer. 

Al miedo de ser mamá sumé ser consciente de tener una enfermedad crónica, impredecible y degenerativa. 

Nueve años después

De eso han pasado 9 años.

No voy a explicar cómo ha sido el camino. A veces terrible, a veces soportable, siempre difícil. Porque uno NUNCA se acostumbra a una enfermedad crónica. Se aprende a vivir con ella, a sobrellevarla, a no permitirle que te impida ser feliz. Pero NUNCA te acostumbras. Siempre te rebelas. Asumes, pero nunca aceptas. 

Nuevos «patucos»

Hoy estreno nuevos “patucos”. Porque caminar para mí es un reto constante. He de pensar cómo levanto un pie para dejar paso al otro. Cada movimiento necesita concentración. Y es agotador. Y siempre con el miedo de perder el equilibrio y besar el suelo. 

Hoy doy la bienvenida a mis nuevos zapatitos. No son bonitos. Ni elegantes. Ni cómodos. Pero me dan estabilidad, confianza y me ayudan a caminar. 

¿Por qué cuento esto?

Cuento esto porque me siento privilegiada. Porque existen personas con EM que no tienen mi suerte de necesitar solo estos “patucos”. Y porque habrá alguien que, como yo, siente algo de pudor por verse obligado a llevar este nuevo complemento en vez de unos elegantes zapatos de tacón. 

Hoy comparto otro trocito de mi día a día. No es lo mejor. Tampoco es lo peor. Es mi vida y la llevo con orgullo ¡hoy, mañana y siempre!

Estoy viva y soy feliz.

Con y sin “patucos”. 

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