Gabriel Cruz… ¡Desaparecido!

 

Desaparecido. A estas horas todavía no se sabe nada de Gabriel. Y estoy aquí, en un rinconcito de mi casa, con el corazón encogido, con una sensación de amargura que me cala hasta los huesos. Con una impotencia que me asquea incluso más que el doloroso pensamiento del “quiero ayudar y no puedo”. 

Veo la entrevista que Ana Rosa, en Telecinco, acaba de hacer a su madre. Esa mujer hermosa, joven, con un sufrimiento indescriptible reflejado en su rostro. Me pongo en su piel y lloro. Lloro sin poder remediarlo. Tiemblo al escuchar de su boca lo bonito que es su pequeño mientras recuerda su sonrisa. Su bondad. Y se me desguaza el alma cuando afirma, desgarrada, que, con esa carita nadie puede hacerle daño.

¿Cómo puede haber alguien que pueda hacer daño a un niño? A su mirada inocente. A su pureza. A su nobleza. ¿Qué clase de monstruo puede aprovecharse de su ingenuidad?

En estos momentos de confusión, de ruegos y rezos sólo puedo agarrarme a la esperanza. Y suplicar que el niño aparezca. Sano. Y pueda abrazar a sus padres. Y a esa abuela a la que imagino rota de dolor. Gabriel estaba a su cargo cuando se despidió para recorrer 100 metros hasta casa de su primo. 100 metros que se han convertido en una distancia abismal de dolor e incertidumbre. Y su sentimiento de culpa debe de estar ahogándola sin consuelo.

Mando fuerza. Mucha fuerza. Toda la fuerza que soy capaz de transmitir. A través del aire envío toda mi solidaridad hasta Níjar. Abrazo, desde la distancia, a los suyos. Y rezo. Rezo porque todo sea una mala pesadilla de la que podamos despertar. Y si hay dios, ese dios en el que creo… actúa, coño, actúa. Tiéndele tu mano. Y danos un final feliz. 

Escribo estas letras impulsada por la angustia. Pero con esperanza. Y si, hipotéticamente, algún malnacido hijo de Satanás, se ha llevado al niño… imploro a su humanidad. A devolver al niño sanito. Para que pueda seguir su vida y premiando con su sonrisa.