
23 de marzo de 2026
¡Cómo ha cambiado el cuento! Recuerdo mi primera época de estudiante, allá por los 90, que me reventaba que los mayores me dijeran: “Aprovecha, aprovecha, que estás viviendo la mejor época de tu vida”. Y yo pensaba para mis entrañas: —“¡Y un jamón! Lo malísimamente mal que lo pasamos los estudiantes, con tanto examen, tanto estudio, tanta hormona revolucionada, tanto grano…” — Pero, ay amigo, ¡qué razón tenían! Y no nos dábamos cuenta.
Como he vuelto a ser universitaria 25 años después, más por placer que por necesidad, rememoro aquella época, por ejemplo hoy, que he tenido un examen. Y las preocupaciones no son ni iguales ni parecidas a cuando tenía 18 años. Era cuando la lozanía corría por las venas y los únicos dolores de cabeza consistían en si la persona que nos gustaba nos hacía casito, si nos llegaba el dinero de la paga para el fin de semana, si el profesor nos tenía manía o si íbamos a aprobar el curso. Y creíamos que era el fin del mundo. (Siempre por lo general, ¿eh? Que hay casos de casos)
Sin embargo, esta mañana, antes de comenzar mi examen, me acordé así de soslayo que no había puesto la lavadora. (¡Shhh! Concéntrate, por dios —me digo a mí misma)
Primera pregunta. Escribo. Y a la mitad pienso sin venir a cuento: ¿Tendré tiempo de ir a la frutería? (Calla, coño, sigue a lo tuyo)
Segunda pregunta. (¡Mmm! Ésta es fácil) Comienzo a redactar. Y de repente me salta en la cabeza: ¿Y qué hago yo hoy de cena? Pescado. Pero no lo he sacado del congelador… (¿Pero… será posible que imagine ahora esto? ¿Quieres seguir escribiendo? —me obligo)
Tercera pregunta. (Ésta también me la sé. Esto marcha). Pero se me ocurre levantar la vista y mirar el reloj de la pared. (¡Uf! Qué tarde. Se me pasa la hora del coche. Y tengo que echarle gasolina que el niño sale a las tres)
Cuarta pregunta. Comienzo a escribir mientras rumio: ¡Venga, que me da tiempo! Pero como una ola furiosa contra la roca viene a mi pensamiento que he de llegar a la farmacia porque ya están mis medicinas.
Y así… sucesivamente. Con lo cual, una sale extenuada. Primero por el examen y luego por todo lo que hay que hacer después. ¡Y además, también tengo que trabajar toda la tarde!
Así que ahora, después del estudio, tareas varias, el trabajo y antes de ponerme con la cena, definitivamente pienso, afirmo, reitero y sentencio que no es lo mismo estudiar con 18 años que con 50.
Por eso, mi ovación más sincera a todos los que estudian o siguen estudiando ya de mayores, por necesidad, buscando un futuro mejor. Y además, siguen trabajando para llevar el jornal a casa. ¡Bravo!
Olé a todos los que, con su familia, hijos, hipotecas, y problemas varios continúan concentrándose en estudiar y en sacar una familia adelante. ¡Valientes!
¡Ay! aquella época de estudiante… ¡Y no nos dábamos cuenta!
