La enfermedad de amar

 

Intento ser fuerte y a veces me doblo.

Ni en dos ni en tres:

en cientos.

Me doblo en mitades, invisibles trozos,

añicos chiquitos rotos al bies.

 

A veces me sesgo en pensamientos tuertos

que luchan, ilusos, por no querer ser.

A veces me hundo, me inundo, me tenso.

A veces, quién sabe; a veces… lo sé.

 

Y me rompo. Y resucito sin miedo al por qué.

¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

¿Por qué en este cuerpo? ¿Por qué?

¡Calla! ¡No pienses! Hilvana tu boca:

 

Cósete a la sombra de un alma valiente

Corre las cortinas.

Esquiva la pena. Derriba el temor.

Y es cuando sonrío y levanto la frente.

La apuesta es fuerte, no vale la inquina.

Me sobra el valor.

 

Y aquí estoy. En el trasnochar de los días.

Retando al cansancio, retando al dolor.

Retando a mi mente que a veces se olvida

que sólo la lucha me hará vencedor.

 

Y es cuando te miro y te veo sonreír.

Todo tú eres belleza.

Grandeza.

Inocencia pura.

Ganas de vivir.

 

Y quisiera parar un poquito el tiempo.

O si no pararlo… hacerlo más lento.

Para disfrutar de ti cada suspiro.

Cada sueño.

Cada carcajada que me llena el alma.

Cada capricho. Cada lágrima.

Ese balbuceo de lengua de trapo

que me hace valiente, tranquila, especial.

 

Voy a meter todos los sentimientos de amor en un cable chiquito.

Ésa será mi mielina perdida. Mi fuerza. Mi caminar.

Todo estará conectado. Todo volverá a empezar.

Ya no habrá más cortocircuitos.

Mi única enfermedad… será la de amar.

 

 

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