Todo por llegar

  • Hoy, husmeando entre los papeles de mi recuerdo he encontrado este texto. Lo escribí cuando Madrid me abrazó con fuerza. Cuando comenzaba una nueva vida. Cuando la noche era mi aliada y el día mi cómplice. Estaba todo por llegar…

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Me gustan las noches en las que sopla el viento. Las noches que aspiran un cierto perfume de misterio. Me gusta imaginar que mientras yo camino, en algún lugar del mundo alguien está haciendo el amor. Una pareja se está diciendo que se quiere. Alguna sorpresa está invadiendo de alegría algún corazón solitario. O alguien, simplemente, está sonriendo.

Me gusta caminar la noche y escuchar el sonido del viento. Me gusta soñar con un mañana que se me antoja incierto, pero bello. Me gusta mirar al suelo y, de repente, levantar mi mirada hacia al cielo. Y ver que soy pequeñita. Pensar que entre el cielo y el suelo hay miles de vidas que sienten, que temen, que sueñan, que viven.

Me gusta pasear las calles con su mano presa. Me gusta escuchar ladridos. Me gusta inventar entre cazuelas. Me gusta echar de menos, porque eso significa que lo que está lejos es grande. Y me gusta pensar que, allá, entre las piedras doradas que me vieron nacer y crecer, están los míos a los que nunca quito de mi pensamiento.

Echo de menos. Es lógico. Pero no echo de menos. Es un echar de menos racional, legítimo, indudable, sensato y positivo. Echo de menos mi vida dentro de mi nueva vida elegida y deseada, apetecida y amada.

Antes lo tenía todo. Ahora lo tengo todo… y más.