Sujétame el cubata

—¿Qué no me atrevo? ¡Sujétame el cubata!

La mentalidad del español en modo atrevimiento no tiene parangón. No tienes más que hacer una prueba categórica: Dile a tu amigo, delante de mucha gente, la súper frase mágica: ¡No hay huevos! Verás, verás… Se atreverá a hacer lo que le pidas por más complicado, arriesgado o embarrassing (como dicen los ingleses) que sea.

Así que aquí me tienes, un jueves cualquiera, acercándome a la ciudad de Chelmsford (a 50 kilómetros de Southend) para asistir a una interesante e instructiva master class de Google.

Y lo cierto es que… bendita la hora, porque hay que ver la de cosas que aprendes en estos cursos intensivos en los que te meten los conocimientos a presión como los vaqueros del año pasado después de lavarlos.

Héteme aquí rodeada de aspirantes a influencers, pequeños empresarios, medianos emprendedores, sabiondos que desean dar lecciones al que imparte el curso (de esos siempre tiene que haber… es ley) y grandes desconocedores de cómo hacer funcionar mejor un negocio en internet. Todos formamos una preciosa amalgama de ilustres ignorantes (menos los listillos) orgullosos de estar asimilando tanto en tan poco tiempo. Al menos, la teoría. El curso, dirigido magistralmente por un apuesto zagal, resultó ser de lo más interesante. Y además me han regalado una bolsa, un cuaderno, un boli y me han invitado a comer. ¡Hala!

Por lo que… como Raúl me ha sujetado el cubata una vez más (¡retos a mí, ja!) me vuelvo para mi casa más ancha que pancha con la satisfacción del deber cumplido.

Además, he aprovechado para comprar un conejo en una carnicería bien hermosa que hay en los alrededores (es que a mis chicos les encanta al ajillo y no es que se estile mucho eso de comprar conejo en cualquier supermercado. También les pedí rabo de cerdo… pero eso sí que… ni está ni se le espera en la gastronomía inglesa) El caso es que, dentro de mi éxtasis de productividad, al comprar el conejo me he acordado del chiste malísimo —que son los que me gustan a mí— que dice:

—María, me voy de caza.

—Ay qué bien, Pepe. Pues, para la cena, trae un conejo.

—¡Que me voy de caza “pa” “ziempre”, “zo” “payaza”.

Pues eso. Dejo el listón por los suelos, lo sé. Pero es lo que tiene estar tan concentrada toda la mañana.

¡Que no me atrevo… dicen! ¡Sujétame el cubata!

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