La letra Ñ, la de la virgulilla

17 de marzo de 2026

Me acomodo frente a mi teclado del ordenador como quien cumple un respetuoso rito. Y la veo a ella. La ñ. Nuestra letra mágica e identitaria.

Aquí en Inglaterra los teclados no tienen ñ. Y es más, a los angloparlantes les cuesta pronunciarla. No es un sonido que aprendan. No están acostumbrados. Con lo preciosa que es la letra ñ con su virgulilla ondulada. Tan linda. Tan cuqui.

Y me pongo a pensar que sin la ñ no podríamos decir España. Ni esa palabra orquesta que sirve para todo: A saber:

Sorpresa: ¡Coño, que alegría verte!

Admiración: ¡Coño, qué bonito!

Disgusto: ¡Coño, qué asco!

Cariño: ¡Cuánto te quiero, coño!

Hartazgo: ¡Me tienes hasta el mismo …!

Sin la ñ no podría hablar de mi niño. Ni podría hacerle carantoñas ñoñas como si todavía fuera el bebé de mejillas carnosas que acunaba entre mis brazos con tanto cariño.

Sin la ñ no podría disfrutar de las montañas de mi adorada Sierra de Francia ni beber de los caños de las fuentes de mi pueblo, Villanueva del Conde, donde el agua es cristalina y helada. Tampoco podría bañarme en el cálido Mediterráneo de Valencia, ni escuchar a los ruiseñores desde mi cama.

No contaría los otoños, ni podría celebrar los cumpleaños de mis amigos, ni empeñarme en mantener vivas esas relaciones que, por el paso del tiempo o diversos devenires, agonizan sin remedio.

Sin la ñ no habría jugado con mis muñecas cuando era una cría pequeña imaginándome amores con los ojos verdes. Ni ondeado el pañuelo blanco para pedir el triunfo de mi Morante.  

Sin la ñ no podría enseñar inglés a los que llegan a este país sin saber el idioma, con la maleta repleta de ilusiones ante un nuevo mañana. Ni podría cantar “En tierra extraña”, esa copla que me hace llorar la escuche donde la escuche y la cante quien la cante.

Si no existiera la ñ no podría decirte, entre risas, que esa ñapa es un truño. Ni que detesto la pizza con piña. Ni creería en las patrañas de los desagradecidos.

Sin la ñ, mi corazón no tendría dueño. Ni echaría más leña al fuego. Ni mis ojos te mandarían señales con tan solo un pestañeo. Y no. Tampoco te pediría compañía para aliviar esos momentos de angustia que nos desguazan por dentro. Ni sentiría esta morriña silenciosa añorando tanto a los míos.

Ay la ñ. Nuestra ñ. Tan sencilla. Tan simple. Tan nuestra.

Hoy te honro, querida. Porque sin ti, no podría SOÑAR.

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