
Dicen que cuando alguien escribe está compartiendo un trocito de su interior. Y al publicarlo, en cualquiera de los formatos elegidos, ese texto deja de pertenecer al escritor para ser del que lo lee. Es una manera de repartir sentimientos. De entregar emociones.
Me gusta esa idea. Quizá así, de alguna manera, y con un hilillo invisible, estamos conectados. Durante ese momento en el que leemos a alguien… lo estamos acariciando a través de las palabras. O recibiendo una bofetada con la mano abierta, que también puede ser. Ésa es la grandeza de la lectura. Que provoca. Sentimientos buenos o malos… pero siempre evocando.
Ante un papel en blanco
Quiero imaginar que, al ponerme ante un papel en blanco, voy construyendo un pequeño edificio. Así, como un arquitecto recién licenciado con la ilusión rebosante y las ansias del que está empezando y le queda todo por hacer.
Con letras, le voy dando forma, abriendo ventanas. Elijo los muebles, pinto las paredes, reformo techos, creo buhardillas. Y me paro frente a la chimenea esperando que, quienquiera que sea el lector, sienta el calor de la leña y el serpenteo del fuego. Que esté relajado. Que huela a café recién hecho y a pasteles en el horno.
Cuando el edificio de letras ya tiene tejado, cuando estoy segura de que no hay goteras ni desconchones, dejo la puerta abierta de par en par.
En el felpudo se puede leer “bienvenido”.
La casa ya no es solo mía
Y ya la casa no es solo mía, sino de aquel que quiera entrar y compartir una taza de café durante el tiempo que dure la lectura.
Y si se ha encontrado cómodo… al terminar, le despido en la puerta esperando que regrese algún día para continuar la conversación.
Sí. Me gusta esa idea. Por eso… si has llegado hasta aquí… ¿volverás? La chimenea siempre está encendida. Y prometo continuar la conversación con una taza de café recién hecho.
