
Te costó venir a un mundo que te esperaba, ansioso y expectante, parando todas las agujas de todos los relojes. Se lo pusiste difícil a tu mamá. Pero se portó como una campeona. Y tu llanto generoso fue el presagio de la felicidad más pura. Ya no había dolores. Ya no había miedo. Ni cansancio. Todo era brillante. Todo eran sonrisas. Todo eras tú.
Y entonces llegaron las caricias que saben a gloria. Por primera vez, tus papás, que ya te amaban sin conocerte, rozaron tu piel. Y en ese preciso instante, en ese momento que recordarán eternamente, la sintieron. Esa conexión invisible, ese vínculo indescriptible, esa unión que solo da la sangre y que ya será para siempre.
Mi preciosa primita del alma ha sido mamá. La palabra más hermosa del diccionario. Mamá.
La que era nuestra niña ya es madre. Y yo… todavía la estoy viendo cuando, titubeante, aprendía a caminar sembrando de alegría cada piedra que pisaba. La estoy viendo renegar cuando sus hermanos y yo le hacíamos trampas con las cartas. La estoy viendo, tan ordenada, alineando con extrema perfección sus rotuladores del colegio. La veo convertirse en una preciosa mujer de pelo rizado con esa mirada de nobleza que todo lo empapa. La veo…enamorarse de un apuesto entrenador de fútbol, caballero y leal, que le ha robado el corazón y que ahora es el padre de su hijo.
Mario ha llegado a nuestras vidas para completarlas. Para que nos permita envejecer viéndolo crecer.
El 23 de marzo de 2026 la vida nos regaló una vida nueva. Vida que da vida. Amor que difunde amor. Luz que contagia luz.
¡Bienvenido al mundo, Mario!
¡Y larga vida, pequeño primito!
