Manzanares y “Arrojado”. 30 de abril de 2011

Se paró el tiempo. Y con el tiempo el sentido de la realidad. Una realidad que me empuja, con la embestida más pura, a volver a escribir de toros. Por los toros. Del orgullo. Por orgullo.

Orgullo de ser aficionada. Y de haber vivido un momento histórico. Fueron los escalofríos que regateaban la piel. Eran los olés que salían de las mismas entrañas del alma.

Se paró el tiempo.  Y con el tiempo… la muñeca de un hombre. Primero en su hombro rezando a su Dios por la suerte. Por la gloria. Por la vida. Y después… acariciando las telas que envolvieron la fiereza y la convirtieron en nobleza, mesura, emoción y  naturalidad. Bajita. La mano bajita. Despacio. Abanicando los rizos de una testuz entregada.

La cintura. Un mentón en el pecho. Un romperse. Un desgarro de arte. Y un sentimiento que recorrió las miles de voces que, al unísono, gritaban “torero”.

“Arrojado” se arrojó al vacío de una muleta. La olisqueaba al galope siguiendo sus vuelos. Y pasaban los segundos.  Lentamente. Con un silencio entre oles. Porque allí sólo había un hombre y un toro. Y vibración. Y estremecimiento. Y sonrisas. Y la música al viento. Y la generosidad de un torero.

Esa tarde bailamos por derechazos. Cantamos por naturales. Y dimos una vuelta al ruedo entre ovaciones y flores. Entre romero y caireles.

Esa Puerta del Príncipe. Ese Guadalquivir aplaudiendo. Esos alamares arrancados, esas manos en alto queriendo tocar al hombre hecho ídolo por haber materializado el arte en una faena. Esos abrazos. Lágrimas de emoción. De alegría. De sueño conseguido.

Después, los mortales tuvimos la necesidad de contarlo. De recibir y mandar mensajes. De llamar y escuchar otras voces que compartieron lo mismo.

¡Qué orgullo sentiría ese padre! ¡Qué orgullo el de esa madre, sufridora siempre por el niño hecho hombre delante de un toro. ¡Qué orgullo tendrían los amigos! Qué orgullo esa mujer, rubia como los mechones de la trenza de su coleta.

Y que orgullo de aficionados. Por haber estado. Por haber sido. Por haber visto.

José María Manzanares tocó la gloria en Sevilla. Manzanares fue. Que yo lo vi.