
20-21 de marzo de 2026
Hoy sí tengo fuerzas. Anoche no. Anoche solo tuve arrestos para desvestirme, lavarme la cara y echarme a la cama. Así que recupero el trocito de mi diario que escribí ayer, en el tren de camino a casa, después de nuestra visita a Londres. Decía así:
Dejo atrás la gran ciudad. A través de la ventana del tren se van alejando los edificios infinitos que forman uno de los skylines más famosos del mundo.
Hemos estado en la embajada española para renovar el pasaporte del niño. Y declaro, con la mano alzada y a voz en grito, que es agotador. Venir a Londres con lo mío es… dejémoslo en “complicado”. Todo está lejos. Y pese a llevar casi siete años en Inglaterra, me sigo sintiendo como Paco Martínez Soria con su boina y sus gallinas en la capital.
Hoy quiero confesar, como diría la Pantoja, que todas las visitas a esta ciudad inmensa y cosmopolita son siempre una aventura. Extenuante, pero aventura al fin y al cabo. Que si el tren, que si el metro, que si las calles kilométricas, que si los ríos de gentes que te atropellan con sus prisas, sus almuerzos en las mochilas, sus maletines y sus corbatas, sus abrigos carísimos o sus ropas alternativas y vintage… En fin, un no parar.
Pero ahora… en la tranquilidad del tren, mientras va oscureciendo, los grandes edificios dejan paso a los campos recibiendo a la primavera.
Podría contarte mil maravillas de Londres. Lo sé. Son infinitas y me gustan todas. Pero quizá otro día.
Me duele la espalda. Ahora, en esta butaca que es de todos y no es de nadie, regreso a casa. Anochece despacio, con perfiles anaranjados y violetas coloreando el cielo. De fondo, conversaciones ajenas. Y pienso… que todo pasa rápido, como los árboles a esta velocidad, difuminándose a nuestro paso. ¡Qué dolor de espalda! ¿Lo había dicho ya?
¡Qué bonito está el cielo, coño! ¿Será el mismo que el de mi Salamanca? Y afirmo moviendo la cabeza hacia arriba y abajo, así en mi soledad, para mis adentros. Sin importarme lo que piensen quienes puedan verme. Y digo yo que el cielo es el mismo para todos. Así que me consuelo pensando que mis padres están viendo ahora el mismo cielo que yo. ¡Los extraño tanto!
Las siete de la tarde y solo pienso en acostarme en mi camita, estudiar un poquito el dichoso y bendito Duolingo y descansar. Y me da un coraje de miedo, porque he quedado con mis amigas para ir a una super fiesta en el Casino de Southend. Pero va a ser imposible. Es lo que tiene la dichosa EM. Lo de hacer planes es muy relativo. A la hora de la verdad, tu mente puede querer, pero tu cuerpo no. Y en esta lucha mente-cuerpo casi siempre gana él.
Estamos llegando a la estación. Tengo que cerrar el ordenador que luego todo son prisas. ¡Qué dolor de espalda! No me da tiempo. ¡Ay Dios! Buenas noches.
