Cuando me recorría cada piedra de La Glorieta, por ejemplo, y subía y bajaba de la andanada a la plaza con prisa y sin mirar al suelo, no me importaba que las escaleras fueran tan pindias, que crujieran como si fueran a romperse, que la barandilla se moviera más que los precios o que para acceder a la localidad más alta del tendido o a una barrera tuviera que saltar como un gamo. Por no hablar de la poca importancia que le daba al hecho de que para ir al servicio de mujeres debiera recorrer media plaza o que ni siquiera pudiera lavarme las manos en el patio de caballos, porque el servicio de mujeres “Not Found”.
No me fijaba yo, por aquel entonces, en lo difícil que era acceder al edificio de Correos, por ejemplo, en la Gran Vía. Ni la necesidad de que las aceras tuvieran una rampita para facilitar el tránsito a aquellos que iban en silla de ruedas.
Confieso que, alguna vez, con eso de las prisas y de no llegar a tiempo a alguna rueda de prensa, aparqué en un lugar destinado a personas con movilidad reducida. “Si es sólo un ratito”, pensaba. ¡Cuánto me acuerdo de esto! ¡Y cuánto me arrepiento!
Y confieso también, que más de una vez, me he sentado en las escaleras de La Riojana charlando de lo divino y de lo humano y he jugado a ver quién subía esos escalones más rápido y, a ser posible, de dos en dos.
El nuevo ascensor
Todo esto viene a colación porque mucho he leído sobre el nuevo ascensor de las escaleras de La Riojana. Algunas opiniones a favor y muchas, demasiadas, en contra. Que si atenta contra nuestros recuerdos, que si es demasiado moderno, que si altera la fisonomía de la ciudad…
Seguramente, quien mantenga la opinión de que es un error o un atentado contra nuestra tradición y nuestra historia le pasa lo que me ocurría a mí cuando era jovencita: que no ha sufrido en sus carnes lo que es la necesidad de una ciudad accesible.
Seguramente no le dé importancia al hecho de subir o bajar tres peldaños, porque puede hacerlo. Y se puede llenar la boca hablando de la falta de respeto de la modernidad hacia nuestros recuerdos.
¿Y qué puedo decir yo a eso? Que el ascensor no es sólo necesario, es una obligación. Es justo. Porque somos muchos a los que nos encantaría subir esas escaleras corriendo y de dos en dos. Pero no podemos. Somos muchos los que nos cuesta una vida echar un pie delante de otro y caminar sin tropezarnos. O los que tienen que sortear mil y un obstáculos para poder ir con su silla de ruedas o su motillo por la ciudad.
Cuestión de humanidad
Y es cuestión de humanidad que las personas que tienen la suerte de no necesitar ayuda tengan un poquito más de empatía. Y se pongan en nuestra piel. Valoren lo que tienen sin perjudicar al resto y apuesten por una ciudad sin barreras arquitectónicas. Una ciudad para los afortunados que tienen salud y para los que no tenemos tanta fortuna. Una ciudad para todos.
Así que, por favor, ponte en nuestros zapatos. Y coopera. Colabora. Ayuda. Suma. No pongas excusas de modernidad o fisonomías. Mira ese ascensor como un bien público. ¡Como si estuvieras tú en la silla de ruedas! O, es más, como si tuvieras que subir o bajar todos los días esas escaleras con un carrito de bebé.
Y ahora, dime, ¿le pondrías pegas al ascensor? ¿Te importaría tanto la nostalgia de unas escaleras o si hace más o menos bonito?
Simplemente piensa que tú lo necesitas. ¡Verás cómo cambia la copla!
¡Ésa es la actitud!
