
Comienza mi diario
Hoy es el día de la Madre en Inglaterra. El día grande de las floristerías. Los supermercados habilitan estantes especiales con cientos de ramos de flores. Las gasolineras también los venden para los que van con prisa o necesitan un detalle en el último momento. Y hasta en algunos hogares, realizan sus hermosos buqués a mano y los venden a las puertas de las casas.
Raúl se ha despertado a las seis, temprano como siempre. En silencio y a oscuras. Yo he seguido durmiendo, así alargando el brazo, como con la libertad de sentir que la cama es solo para mí a partir de ese momento. Dos horas después, cuando ya entra la luz a través de las cortinas, ha entrado en la habitación. Ha venido hacia mí y me ha susurrado: «Feliz día a la mamá más bonita del mundo». Y me ha besado. Me he acurrucado en su hombro, he sonreído y me he sentido privilegiada. Por el beso, por las palabras, por tenerlo.
Levantarse así es otra liga. Parece que el sol ha salido para mí. De hecho, atraviesa la ventana de la cocina con sus rayos vivarachos. Qué maravilla. Miro a mi alrededor. Está todo impoluto y recogido.
Ayer dejamos la cocina como una leonera. Fue el primer día que mi becerrito quedaba con amigos, así, en plan pandilla. Y estuvieron patinando, desde las 14.00h en una pista cubierta repleta de preadolescentes que se intercambiaban miradas de complicidad. Antes de las dos de la tarde de un sábado, no es hora de comer para un español que se precie. Así que decidimos comer después del gran día del niño. Ya en casa, y tras la comida… la sobremesa, of course! Horas hablando y arreglando el mundo. Lo que no se arregla, eso sí, es la cocina, que queda llena de cazuelas, vasos y cacharros sucios que esperarán pacientes a ser recogidos y limpiados a la mañana siguiente, dios mediante.
Así que sí. Hoy he entrado en la cocina y algún duendecillo generoso había recogido todo. Víctor viene hacia mí y me abraza con fuerza. «Feliz día, mamá» Y con una sonrisa picarona se mete la mano al bolsillo. «Cierra los ojos», me dice. Y con esa carcajada que me da vida, muestra una mini figurita de ésas que llevan en casa cien años, que no sabemos de dónde viene, pero que uno se resiste a tirar no se sabe bien el motivo. «Oh, -le digo sonriendo- ¡qué regalazo!» Se podían escuchar las risotadas desde la calle. No hay nada más satisfactorio que verlo reír así. Hemos seguido con las bromas y se han despedido para ir a jugar el partido de fútbol de los domingos.
Me he quedado sola. Hace sol. Y frío. Ocho graditos. Pero he cogido mi regalo (una figurita de Stan Marsh, de South Park) y he salido a desayunar al jardín. Y he pensado empezar este diario hoy, precisamente hoy, el día de la Madre.
Me han regalado una figurita de 4 cm que lleva acompañándonos un siglo. Y me siento la mujer más afortunada del mundo.
Si supieran que ellos son mi regalo… Bueno, sí lo saben.
