¡Dejadlos libres!

Dejadlos libres, ¡dejadlos! Dejadlos sueltos en Pamplona. En su misma Sevilla. En cualquier ciudad de España. Dejadlos caminar las calles. Dejadlos mezclarse entre nuestras hermanas, nuestras hijas. Nuestros padres. Nuestros maridos. Dejad que, fuera de la cárcel, donde llevan dos años apartados de la indignación de las gentes y protegidos de la furia de las miles de personas que no perdonan, regresen a su sueño de recuperar sus vidas.

Porque… ¿Cómo recuperará su vida la víctima? ¿Quién le devolverá la fe en los hombres? ¿Cómo volverá a besar a un chico sin recordar las caras de aquellos fortachones en la oscuridad de un portal?

Dejadlos en la calle. Dejad que entren en una cafetería. Que se sientan observados, juzgados y repudiados. Déjelos que quieran formar una familia. Alquilar una casa. Encontrar un trabajo… Déjelos.

Que se enfrenten al odio de la calle. Al desarraigo. Al escrache. Al recuerdo. Que tengan hijos y vayan a una reunión de padres y madres. Y no voy a entrar en que uno de ellos ya es padre. ¡Qué culpa tendrá la criatura de que su progenitor sea semejante salvaje de pensamientos podridos junto a sus amigotes cachas y graciosos!

Así que sí. Permitan que salgan de la cárcel en libertad provisional. Que intenten recuperar sus vidas. Hasta que vuelvan a prisión, claro.

Que paseen solos por un parque. Que les reconozcan. Que les miren a los ojos. Que los insulten. Que los odien aún más. Que salgan de fiesta e intenten ligar con cualquier mujer.

Dejémosles disfrutar de su calvario en vida. Sin la protección de los que protegen, les guste o no, porque es su trabajo.
Permitamos que salgan a la calle.
Beberán de su propio veneno.
Y, o mucho me equivoco, o más de una vez desearán con todas sus fuerzas volver a la protección que otorgan las rejas de una cárcel. Allí cumplirán su pena de 9 tristes años. Pero cuando vuelvan a salir…  les esperará una pena que no se salda. La pena del rencor, de la marginación. Y del odio. La pena de desear olvidar. La pena que no se olvida.