Un crucero, mucho amor y una silla de ruedas

Sabía que no iba a ser fácil. En estos siete días me he conocido, reconocido, odiado, compadecido, admirado y comprendido. En estos siete días he visto el lado más amargo de la enfermedad. Pero también he sentido el amor más incondicional. La comprensión más pura.

 

Un crucero con toda mi familia política, mis padres y mi bebé (que ya no lo es tanto) para celebrar como se merece el 50 aniversario de boda de mis suegros. Unos días en los que mis piernas iban a estar a prueba cada segundo. Mis fuerzas llevadas hasta el límite. Mi cansancio iba a querer ser protagonista constantemente. El bastón, el incómodo pero necesario compañero. Y una idea que me rondaba en la cabeza desde el mismo instante en el que cerré la puerta de mi casa rumbo al aeropuerto: No iba a permitir que la EM me frenara. No iba a consentir, bajo ningún concepto, que nadie dejara de hacer o visitar algo por mí. No iba a ser un lastre. Sería la misma mujer de siempre. Un poco más cansada, pero la misma. Ésa era mi meta. Ése mi objetivo. Y mi triunfo. ¿Lo conseguí?

Sólo sé una cosa: Estoy orgullosa de mí misma. Porque lo he dado todo. He llorado en esta aventura muchas veces. Quizás demasiadas. Lágrimas de impotencia. De decepción ante la imposibilidad de querer bailar como antes, por ejemplo. Y no poder.  Pero también lágrimas de felicidad. Porque no me he perdido ni un segundo de vida. Mi fatiga no ha podido conmigo ni con mis ganas de no defraudar a nadie. Y creo que lo he conseguido.

 

Ya en Venecia, embarcar se convirtió en una experiencia divertidísima. Todo estaba por suceder. Nos quedaban siete días de disfrute. Por eso, dejar atrás la ciudad de los canales rumbo al mar infinito, con mi pequeño con los ojos tan abiertos, sin quererse perder un detalle, fue un momento imborrable. Íbamos camino de Bari. Quedaba toda una tarde y una noche de crucero para descubrir el barco, caminarlo (despacito), y hacer lo que querías cuando querías. ¿Qué más se puede pedir?

 

 

Bari, Olimpia, Mykonos… ya habían pasado cuatro días con sus cuatro noches. Visitas a lugares maravillosos con cientos de rincones por los que perderte. Y en el barco… muchas risas de piscina. Actividades varias. Mus. Espectáculos nocturnos. Música en directo donde mi pequeño se convertía en el rey de la pista. Despertando sonrisas, complicidades en todos los idiomas.

 

Y llegamos a Atenas. Un calor de órdago a la grande, a la chica, y a los pares y al juego si los hubiera. Atenas es bella. Su Partenón en su Acrópolis, su Templo de Zeus, su Ágora antigua y Ágora romana… Un bellezón de ciudad imposible de ver en un día pero que se dejó desnudar tímidamente ante nuestros ojos.

Lo que no sabía es que me iba a pasar factura. Demasiados pasos bajo el sol pendenciero.

 

 

 

La llegada a Saranda, en Albania, ya me iba cuchicheando al oído que era mejor quedarme en el barco y no bajar a tierra. Pero mis esfuerzos por no defraudar pudieron más que el cansancio. Y mereció la pena. Es cierto que no pude hacer todo el recorrido del Parque Arqueológico Nacional de Butrint, pero lo que vi me deslumbró. Patrimonio de la Unesco, cuenta con monumentos helenísticos, romanos, bizantinos y venecianos maravillosamente conservados. Algo que no te esperas y que te sorprende.

 

Se acercaba el final. Al día siguiente nos esperaba Dubrovnik. La preciosa ciudad croata que impresiona, enamora y convence. Un perfecto escenario para “Juego de Tronos” que no defrauda.

Era el cumpleaños de mi pequeño. Y toda la tarde participó de las actividades para los más pequeños del crucero. Y bailó, cantó, jugó, disfrutó… Era tan hermoso verlo. ¡Qué orgullosa estoy!

Después de siete mágicos días con la gente que más quiero llegó el momento de decirle adiós a esa increíble ciudad flotante. Repetiremos experiencia. Seguro.

 

Parecía que la enfermedad se había dado cuenta que era el momento de aparecer con toda su fuerza en aquello que más me afecta: el cansancio y mis piernas. Así que el desembarque, las colas, el calor… fue sencillamente terrible. El autobús que nos llevaba desde el puerto hasta el aeropuerto aparcó lejos, muy lejos. Bajo un sol penetrante hasta los mismos huesos. La llegada a la terminal, caminando, se me hizo eterna. Angustiosamente eterna.

 

Y llegó el momento. Aquel que presentía pero que nunca quise asimilar. El momento de pedir ayuda. No podía más. Siete días de excursiones, de visitas a todas las ciudades, de sensaciones y emociones, sin un momento de descanso cayeron a plomo sobre mi cuerpo.  Y entonces todos, mi familia al completo, formó una piña en torno a mí: “No pasa nada. Lo necesitas”. Así que sí. Con todo el dolor de mi corazón y llorando amargamente la recibí. A ella. La silla de ruedas. La compañera que iba a facilitarme recorrer el aeropuerto y llegar al avión sin problema.

 

Para muchos que tienen mi misma enfermedad les parecerá un atrevimiento que me queje de este momento. Que soy afortunada porque, al fin y al cabo, teniendo Esclerosis Múltiple, yo no preciso la silla de ruedas a diario. Ni tan siquiera uso el bastón constantemente, porque no lo necesito. Tengo días buenos y otros no tanto. Pero recordarán aquel momento, el primero en el que te sientas en esa silla. La locura de sentimientos y pensamientos que se te vienen a la cabeza. Es terrible. Indescriptible. Una sensación que nunca antes había experimentado. Y duele.

Pero miré a mi hijo que me sonreía mientras me daba la mano pidiéndole al chico que me ayudaba que echáramos una carrera. Y entonces lo comprendí. Mi niño vio con normalidad que su madre fuera sentada allí. A él no le daba pena. Ni vergüenza. Ni reparo. Ni lloraba ni se asustaba. Sólo me dio la mano y recorrió conmigo todo el trayecto. Y yo… yo no podía estar más satisfecha.

 

¿Quieres que te cuente una cosa? La palabra “valiente” ha sido la que más he escuchado en esta aventura. Y me llena de orgullo. No porque lo sea, que lo dudo, si no porque así me han visto.

 

Gracias a mi familia por su comprensión. Raúl, papá, mamá, Julián, Nieves, Laura, Carlos. Gracias por vuestro apoyo. Vuestro cariño. Vuestro brazo y abrazo. Vuestra paciencia. Gracias por darme la alegría que a veces me empeño en desterrar. Gracias por demostrarme, una y otra vez… que en este viaje… vamos todos.

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