14 años sin ti
Intento recordar algo negativo de la abuelita Feli… y no puedo. Porque todo era generosidad, entusiasmo, cariño y orgullo. Todo fue un dar sin pedir nada a cambio. Todo fue compartir. Dar a espuertas. Hasta cuando no había y se lo quitaba de su boca para que nunca nos faltara de nada.
Recuerdo cuando llegaba a su casa y transformaba el orden de sus cosas en desastre de niña. Cuando me hacía huevos fritos, de esos con puntilla. Cuando hacíamos papillas para mis muñecas. Cuando cantábamos a voz en grito el Padrenuestro y me enseñaba a rezar. Cuando se acostaba conmigo mientras el abuelo Juan, desde la otra habitación, intentaba asustarme con sus cuentos de miedo. Recuerdo su mano en la mía en las noches de tormenta. Sus consejos sabios ante los primeros amores y su fiel lealtad. Siempre. Su voz conciliadora ante las discusiones. Su alegría perpetua aunque por dentro estuviera llorando.
Te recuerdo, lala, cuando me llevabas a las ferias y me comprabas algodón de azúcar. Cuando ibas a buscarme al colegio. Cuando me dejabas los zapatos de tu boda para que yo me probara mis primeros zapatos de tacón.
Recuerdo tu figura, esbelta antaño, y que se fue encogiendo poco a poco. Tu cadera agrandada por la falta de un riñón. Tu sonrisa. Y, ya con los años, tu andador y tu dedo torcido por la artrosis. Tus arrugas preciosas de experiencias duras. Y tu presencia. Siempre tu presencia a nuestro lado.
Cuando celebrábamos juntos la Navidad en el pueblo, en Villanueva del Conde. Con tus hijas. Y con tus yernos, que te adoraban, Miguel y Manolo; y con Lauri, al que llegaste a querer como a un hijo. Recuerdo cuando te sentías tan orgullosa de tus nietos. Tu Michel, tan responsable. Tu Álvaro, la viva alegría. Y la pequeña que vino para llenarnos de vida. Tu niñita Silvia, que va a ser mamá ahora. Y la felicidad que te dio tu bisnieto… el bebé Iker que no te pudo disfrutar tanto como nosotros pero que te querrá siempre. Y te recordará siempre. Luego, cuando ya te habías ido… nació Lara. Y Víctor Manuel, mi becerrito. Él tampoco llegó a conocerte. Pero te conoce. Ya lo creo que te conoce. Y cuando le hablo de ti… sonríe.

¡Qué afortunados somos! Porque tuvimos la mejor abuela que se puede tener. La más dulce. La más sensata. La lala Feli.
Te queremos. Allá donde estés. Y, te voy a contar un secreto:
Te veo por las noches. En mis sueños. O quiero verte. Para volver a sentirte cerca. Y escuchar tu voz.
¡Espéranos, abuelita! Y haz del hogar en el que estás tu casa, nuestra casa. Como siempre hiciste.
Gracias por habernos dado el privilegio de crecer a tu lado.

